Como mujer que intenta cumplir sus promesas, -y en ello pongo tanto empeño como mi carácter pasional me obliga- di mi palabra en escribir el significado de 50 minutos de mi vida. Y, aunque parezca una empresa fácil, es más complejo de lo que imaginé.
Ciertamente, tan corto espacio de tiempo, no requeriría mayor dificultad cuando hay tanto vivido. No obstante, algunos acontecimientos son casi imposibles expresarlos con palabras.
Una noche de verano, el calor abrumador consumía una brisa casi inmóvil. La atmósfera se sentía contenida y pesada. Una noche más.
El aire se tornó caliente y denso La humedad llenó el espacio inundándolo todo, provocando los primeros truenos, ligeros en principio, pero que aumentaron en intensidad conforme pasaban los minutos.
El mar permanecía en calma, como una fina lámina de cristal aunque en esa relativa quietud se adivinaba una atmósfera contenida. Era el presagio de lo que ocurriría a continuación.
El giro repentino del viento fue como un portazo, roló de repente y una masa de aire frío irrumpió de golpe. El cambio de temperatura provocó que se erizara la piel desnuda y ardiente.
La bochorna hizo su entrada cegándolo todo, aumentando las sensaciones, el pulso y la respiración.
El mar embistió una y otra vez su lengua de agua contra la costa levantando mantos de espuma; dejando un rastro metálico y tibio en los labios. Unas veces contenido, otras salvaje; buscando con ello romper cualquier resistencia, arrancó los gemidos de una tierra desnuda, que se deshacía por momentos perdiendo el suelo firme, generando un estruendo sordo y constante.
Cuando la naturaleza se muestra en todo su esplendor, la combinación de sus fuerzas solo darán como resultado algo maravilloso por muy voraz que sea.
Durante esos momentos afloran los sentidos; la sensibilidad y las sensaciones aumentan, percibes cada segundo como si fueran minutos. El tiempo deja de tener sentido, te abandonas a la furia desatada, a la pasión de los elementos cuando se encuentran, y producen un choque ardiente, bello y brutal.
Tras la embestida, la marea comienza a ceder, dejando tras de sí un rastro de sal, humedad y aire limpio. El pulso, antes desbocado, busca de nuevo su ritmo mientras el silencio vuelve a ocupar la estancia.
Alrededor todo ha cambiado de lugar; no queda rastro de la quietud inicial, solo la certeza de haber sobrevivido a una sacudida inevitable.
Hay fenómenos que no se miden en el reloj, sino en la huella que dejan. La tormenta pasa, el viento amaina, el mar descansa y la niebla se disipa. La memoria eléctrica del impacto se queda flotando en la atmósfera, marcando un antes y un después que ningún mapa meteorológico sabría explicar.
50 minutos bastaron para que una noche de brisa ligera, estallara en un mar de espuma, calma perdida y fuego.

Cuando salgas de esa tormenta, no serás la misma persona que entró en ella. De eso se trata la tormenta. Haruki Murakami
