Nueve horas

Nueve horas no son gran cosa en una vida, aunque pueden marcar una gran diferencia.

Todas las personas que entran en tu vida dejan huella. Una pequeña o gran muesca que queda dentro de ti. A veces es efímera y se desvanece con el tiempo; arrinconas en tu mente aquel episodio.

Otras en cambio, dejan una herida que permanece y, como todo, aprendes, vives con ello el tiempo suficiente o necesario para sanar y la aparcas en el olvido.

Crear vínculos es algo bello y a la vez peligroso; caminas por una fina línea. Ante ti se abren el firmamento y el abismo. Rozas ambos; tocas el cielo o desciendes a tu infierno particular. Solo depende del lado de la línea que atravieses.

Es parte de tu bagaje.

En ocasiones, ocurre que a tu presente llegan unas preciosas luces que iluminan tu día a día, te rompen los esquemas y en poco tiempo son parte fundamental de tu existencia. Te conmueven, hacen que aflore lo mejor de ti; su sola presencia te hace feliz, sus destellos lo llenan todo, iluminando aquellos rincones que estaban a oscuras.

Es abrumador descubrir que tras un desconocido aparece ese ser que aporta algo extraordinario. Compartir vivencias, intimidad y puestas de sol, crea un lazo instantáneo entre ambos.

Él pone ante ti quién es: sus miedos y sueños, sus logros y cicatrices, lo que ha forjado su persona. De igual forma, tú depositas en sus manos tus propias historias. Del conocimiento mutuo nace la conexión.

Había una pequeña rendija y por ella se ha colado alguien increíble. Lo fascinante es que es un hombre real, con sus problemas, sus heridas, alegrías y un sinfín de historias que contar.

Un día sin más, bajé la vista y apareció ante mí.

Detrás de una mirada que a veces conserva la ternura de un niño, hay un ser travieso, pícaro, incluso salvaje. Una combinación brutal entre ángel y demonio. Y a la vez protector y muy humano.

Lleno de pequeños detalles que denotan un gran amor, en todo lo que hace por los demás. Cuida y protege a los que ama y, es capaz de hacerte subir a las nubes, sin despegar los pies del suelo.

En una época de cambios personales es sorprendente cómo nueve horas hacen que lo que has evitado salte en mil pedazos y vuelvas a transformarte.

Nueve horas que empiezan y acaban cada tres y, aunque hay quien se empeñe en cortar la conexión, solo refuerza las ganas de seguir contando una y mil cosas, no dejando nada por decir.

Da igual los kilómetros que nos separen; he aprendido que la distancia es solo un número cuando las ganas de encontrarse son tan intensas.

Ante mi se abre un nuevo reto, algo tan impactante como especial. Analizar lo que nunca imaginé y descubrir que a pesar de las dificultades, quieres intentarlo. No recoges velas y te vas.

Solo deseas explorar y ver dónde te lleva este viaje y empoderarte con tal maridaje. Quieres ser la princesa de ese cuento.

Los seres de luz actuales no pasean por el mundo con sus alas de preciosas plumas blancas y su aureola. No los distingues.

Si en tu vida aparece uno de ellos, haz solo una cosa: Disfrútalo.

Atardecer con el sol ocultándose tras la silueta de la ciudad, evocando el relato de las nueve horas.


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