Las hijas del caldero

Eran las hijas del caldero, del fuego y la noche. Contaban con una sabiduría antigua, transmitida por sus ancestros a lo largo de generaciones: mujeres y hombres que, desde el principio de los tiempos, aprendieron el lenguaje supremo de la magia.

En sus cuevas del bosque guardaban pócimas, cocimientos, ungüentos y elixires para todos los males del alma y el cuerpo. Hablaban con aves, árboles, plantas y todas las criaturas que acudían a ellas.

El día de su consagración, hacían promesa solemne: no herir jamás a quien no mereciera castigo. Su misión era preservar el bien, aplicando justicia en beneficio de los desvalidos e inocentes.

El alumbramiento

Era noche de luna llena. Se preparaban para el mayor de los eventos. El solsticio de verano coincidía por vez primera en miles de años con una alineación planetaria sin precedentes: el día propicio para el alumbramiento.

Ataviadas con ricas vestimentas negras, sombreros picudos, amuletos y sus gatos —también negros, de brillantes ojos verdes—, acudieron al punto de encuentro en lo profundo de una espesura. Cubrían el rostro con velos del mismo color.

Una a una llegaron. La medianoche se acercaba y quedaba mucho por hacer. Se organizaron en pequeños grupos: unas preparaban el altar, otras buscaban ramas, helechos, bayas y hierbas, mientras las demás disponían el tálamo.

La Diosa Encarnada, señora de las hechiceras y Suma Sacerdotisa del aquelarre llegó con su corte, que colocó los elementos mágicos en el altar. Cuando todo estuvo dispuesto, Calipso, una de las brujas, entonó un bello cántico que inundó el bosque. Poco a poco, aparecieron búhos, murciélagos, ardillas voladoras y demás fauna nocturna que lo habitaba, ocupando su lugar para el ritual.

Entonces ocurrió. De la oscuridad surgió un grupo de brujas que portaban un palanquín. Abrieron su portezuela y del interior salió una bella criatura. Con su cabello negro cayendo por la espalda y unos ojos azules, profundos como el mar, la suavidad de su piel y su rostro angelical hacían de ella la perfección hecha mujer.

Las porteadoras la despojaron de la túnica que la cubría. Se tumbó en el tálamo, dejando ver su abultado vientre. Hécate, la Suma Sacerdotisa, se aproximó pronunciando un conjuro en gaélico. Se iniciaron las contracciones; el momento había llegado y las demás brujas hicieron un círculo en torno a la parturienta.

El aquelarre comenzó a danzar a su alrededor mientras la hermosa joven abría las piernas para alumbrar a un nuevo ser. Las aves ululaban, aullaban los lobos, volaban los murciélagos y las ardillas. El bosque cobró vida, en tanto que la luna brilló como nunca antes fue vista, proyectando un halo de luz sobre la futura madre. Entonces la joven profirió un último alarido desgarrador y, en un tremendo esfuerzo expulsó al fruto de su vientre.

Cesaron los gritos; se apagaron los cánticos. Todas las mujeres apartaron los velos descubriendo su rostro. Se arrodillaron y alabaron a la recién nacida, ofreciéndole presentes que traían consigo: hierbas curativas, pociones, nudos de bruja, pulseras y colgantes de plata, gemas y piedras de Faery.

Ante ellas había una hermosa bebé con la belleza y rasgos de su madre. Hécate tenía otra sucesora. Juno, la joven que había dado a luz, era su primogénita, heredera de su rango y saber. La luna refulgió y posó su haz de luz en la recién llegada, iluminándola con todo su esplendor.

Hécate cogió a la niña, la alzó por encima de su cabeza y la ofreció a la luz del astro. Recitó una oración mientras las demás Damas de la Noche se levantaron y bailaban entonando nuevos cánticos. Con gesto solemne pronunció:

—Pequeña mía, sangre de mi estirpe y heredera de mi linaje, bienvenida al mundo mágico y mortal. Que lo primero que vean tus ojos sea este haz que te ilumina. La luna guiará siempre tus pasos. Yo te bautizo: tu nombre será Perséfone.

Se encendió una hoguera. Calentaron agua purificada y con ella, las ayudantes de Hécate lavaron a la madre. La arroparon y dieron a beber un brebaje sanador para sus dolores, peinaron sus cabellos, le secaron el sudor. Una vez terminaron su ritual, la vistieron y colocaron en su cabeza una corona de flores.

Después, en una gran concha de plata que contenía el mismo agua sagrada, sumergieron a la pequeña brujita para lavarla, la ungieron con aceites protectores y perfumes de flores silvestres y la entregaron a su madre, quien la dio de comer.

Hécate conjuró al aquelarre, y una a una, todas las integrantes prestaron un juramento sagrado. Enseñarían y protegerían a la pequeña con su propia vida hasta el fin de los días, apartándola de todo mal; guiando sus pasos para que a su debido tiempo se convirtiera en la heredera de su linaje, que se extendía desde el principio de los tiempos.

Entonces, con su voz melodiosa, cantaron una nana. La niña miró a la cohorte, sonrió y se durmió plácidamente.

Madre e hija fueron conducidas de nuevo al palanquín. Las llamas se habían consumido y el grupo deshizo el camastro. Recogieron el altar y en pocos minutos todo quedó como estaba; había desaparecido todo vestigio de lo allí celebrado. Las hechiceras cubrieron sus rostros de nuevo y abandonaron el lugar.

Hécate agradeció su presencia a los animales y, pidió que anunciaran a todas las criaturas del bosque el alumbramiento. Estos también juraron lealtad y protección a la pequeña y abandonaron el paraje en el más absoluto silencio.

La Diosa Encarnada y Juno, su hija, recibieron felicitaciones y presentes de todos los confines del mundo. Los grandes hechiceros de toda la tierra celebraron el nacimiento con fastuosas ceremonias. Alguien nacido así era augurio de grandes capacidades místicas.

Era primordial ocultar a las Fuerzas Oscuras el nacimiento. Si lo hacían, Perséfone no crecería a salvo.

La infancia de Perséfone

Perséfone y Juno vivieron felices en un pueblo de las montañas. La pequeña crecía sana y alegre como una niña más. En su educación mágica, Hécate y las Damas la instruían en las artes arcanas, enseñándole el poder curativo de las plantas, las oraciones y ceremoniales propios de la hechicería. Era una alumna sagaz, de ávido instinto, que aprendía rápidamente cuanto se le enseñaba, tanto mágico como terrenal.

Sus primeros años de vida transcurrieron en un ambiente lleno del amor de quienes la rodeaban. Los habitantes del pueblo, que desconocían su mágica condición, la adoraban por su carácter bueno y risueño. Los animales se acercaban mansamente a su lado cuando jugaba en los bosques. Disfrutaba de una plácida existencia.

Pasaban los años y Perséfone, convertida en una preciosa jovencita, comenzó a desarrollar ciertas manifestaciones. Eran unos poderes que poseía Hécate, pero que Juno, su madre, no tenía. La Sacerdotisa comprendió que tales destrezas, a tan temprana edad, hacían de su nieta una de las mejores brujas que hubiera conocido el mundo.

Perséfone se asustaba cuando le ocurrían esos episodios y preguntaba:

—Abuela, ¿es normal que piense en curar la herida de un pobre árbol enfermo y éste sane en poco tiempo, sin haberlo tocado?

Hécate le respondía: —Mi niña, en ti lo es. Serás una gran hechicera y podrás aplicar tu magia para hacer el bien. Nadie te podrá detener.

—Pero abuela, ¿si curo al árbol, no será ir en contra de la naturaleza? Tú me enseñaste que no se debe alterar.

—Mi querida pequeña, curar un árbol o cualquier elemento de la naturaleza es un bien para todos y nos está permitido si se hace con amor.

—Abuela, a veces veo cosas que van a ocurrir, pero no sé cómo pararlo.

—Perséfone, las visiones son un don y se te muestran para que aprendas de ello. Si no puedes hacer nada, aunque tengas un inmenso poder, debes comprender que hay cosas imposibles de evitar.

Al reunirse el aquelarre, Perséfone acudía con ellas. Las Damas de la Noche tejieron para ella un traje, un velo y un sombrero picudo igual al suyo. La niña observaba con los ojos muy abiertos cuando acontecía, aprendiendo cánticos y oraciones para cada ceremonia. En algunos era una participante más.

En su primer rito, Perséfone recibió como regalo un broche, igual a los que portaban su madre y abuela, así como el resto de las Damas. Fue fabricado a partir de metales lunares y gemas. Conjurado por todas las Damas en una liturgia especial, le confería a la joya ciertos poderes y una vez que la niña creciera y se sumergiese en el mundo mágico, aumentaría al ritmo de su propio saber.

La serpiente

Un día la niña jugaba junto al río con su amiga Andrea. Ambas eran inseparables y siempre que podían acudían una junto a otra para jugar, reír y divertirse. De repente, una serpiente surgió del tronco hueco de un árbol mordiendo a Andrea.

La niña chilló de dolor y cayó al suelo. La serpiente se preparó para volver a atacarla. En ese momento Perséfone corrió hacia su amiga, mirando fijamente a la serpiente, a la vez que ordenaba a esta retirarse mediante un conjuro. El animal se detuvo y abandonó el lugar.

Perséfone corría buscando sin éxito, hierbas para aplicar a la herida de Andrea. Por momentos, el pie en el que ésta sufrió la mordedura se hinchaba rápidamente. Con el corazón desbocado, apartaba malezas y otras plantas con la esperanza de hallarlas.

En tanto, Juno y Hécate ajenas a cuanto ocurría, preparaban la comida para el aquelarre. Charlaban animadamente sobre el ingreso en la Comunidad de las nuevas aspirantes, familiares de las Damas del Caldero. Y como su entrada proporcionaría bienestar en la aldea y los bosques.

De pronto, madre e hija sintieron que se erizaba el vello de sus brazos y un calambre recorrió su espalda. Soltaron cuanto tenían en las manos y sin palabras, comprendieron que algo malo ocurría y Perséfone tenía que ver en ello. Salieron disparadas hacia el bosque.

Hécate con su gran poder, conjuró mediante una oración a todo el aquelarre; las cuales sintieron la llamada y se apresuraron a acudir en ayuda de su señora.

A los pocos minutos, encontraron a Perséfone, que lloraba y corría de acá para allá buscando las hierbas medicinales.

—¡Mamá, abuelita! Una serpiente ha mordido a Andrea, está muy mal y no encuentro el remedio para curar las mordeduras de serpiente.

—Llévanos hasta ella— dijo Juno.

—Perséfone, ve con tu madre. Yo voy a buscarlas —indicó Hécate.

—Estaban aquí abuelita, pero alguien las ha arrancado, no queda ninguna.

La gran hechicera, constató cuánto decía la niña. No era momento de pensar en ello.

—Juno, corre al borde del camino junto al riachuelo y coge hojas de acedera roja, dijo Hécate. —Perséfone, llévame junto a Andrea.

Llegaron al lugar donde yacía Andrea, pálida como la luna, tumbada en el suelo casi sin sentido. La Diosa Encarnada, sacó de su brazo una pulsera de cuentas moradas y la puso en el pie de la niña, rodeando con ella la herida. Desprendió de su ropa, un pequeño broche con forma de estrella y lo colocó en la frente de la pequeña.

Juno llegó en ese momento y, partiendo las hojas recogidas, las puso dentro del círculo que formaba la pulsera. Poco a poco, las Damas llegaron al lugar. Habían cogido agua del río, formaron un pequeño altar y pronunciaron un ritual para su purificación.

A continuación y cogidas todas de las manos, hicieron un círculo rodeando a Andrea y Hécate. La Gran Dama posó su mano sobre las hierbas y vertió el agua. En unos segundos la acedera cambió de color, tornándose negra y un vapor rojo se desprendió de ella.

Las mujeres permanecieron orando en silencio. El color volvía a la cara de Andrea. Hécate retiró las hojas marchitas y la pulsera. La piel se recuperaba, cesaba la hinchazón y la niña recuperó la conciencia. Tan solo quedaron las marcas de la mordedura en el tobillo.

Una vez repuesta, Hécate y Perséfone acompañaron a Andrea a casa. Ésta corrió a los brazos de su madre y Perséfone le contó que jugando cerca del río la había mordido una culebrilla, pero Hécate la tranquilizó indicando que no era venenosa y no corría peligro.

—Le hemos puesto unas hierbas, para eliminar una posible infección. Todo está en orden, Alma.

Cuando Perséfone y su abuela se retiraron, Andrea le dijo a su madre:

—Mamá, he tenido un sueño muy raro mientras me reponía. La mamá, la abuela de Perséfone y sus amigas, hacían un círculo a mi alrededor, rezaban en un lenguaje extraño y de mi tobillo salía un humo rojo…

Alma le contestó:

—Andrea, solo ha sido tu imaginación. Olvida esas fantasías; todo está bien.

Desde la puerta de su casa, Alma vio como partían nieta y abuela y musitó un silencioso:

—¡Gracias!

Camino de su casa, Perséfone preguntó:

—Abuela, ¿crees que Andrea vió algo, nos descubrirá? ¿Estamos en peligro?

Hécate contestó:

—En su estado, no ha visto nada. Quédate tranquila, nuestro secreto permanece a salvo.

Azrael

En una tierra pedregosa e inhóspita no muy lejana, vivía un maléfico hechicero llamado Azrael. Discípulo desde su infancia de las fuerzas oscuras, había pasado toda su vida haciendo el mal. Dejaba el caos y la desolación por donde pasaba.

En los últimos tiempos Azrael estaba furioso y encolerizado, pues no había podido llevar a cabo sus malas artes y en el mundo mágico y de los mortales, reinaba la tranquilidad.

—Siervos ¡todo está en calma y la gente es feliz! ¡No puede ser!

De pronto uno de los seguidores del hechicero corrió a su encuentro:

—Mi señor, Hécate y sus brujas han hecho un ritual de sanación. Una serpiente me ha contado que ha mordido a una niña, pero una brujita pequeña, le ha impedido matarla.

—Entonces es cierto lo del nacimiento que se comentaba hace unos años— dijo el mago.

—Trae a la serpiente para que nos diga dónde ocurrió.

—Enseguida, amo— respondió el sirviente.

Si conseguía esa información, trazaría un plan y por fin podría vengarse de Hécate y sus estúpidas brujas. El mal triunfaría y él sería el amo y señor de aquellos parajes. Todo el mundo sería su esclavo.

Tenía que hablar con la serpiente y otras criaturas malignas de la comarca. Se sentía furioso e inquieto; le consumía la rabia. Reuniría a todos sus vasallos y, juntos, acabarían con las brujas de una vez por todas.

Obedeciendo a la llamada, se presentó la serpiente en la sombría cueva del mago. Le contó cómo había mordido a la niña de la aldea y cómo la magia empleada por aquella diminuta brujita, evitó que consumara sus letales intenciones.

El hechicero escuchaba y su furia crecía por momentos. Sus ojos ardientes chispeaban, aumentando el mal en su interior. Debía crear un hechizo que ningún arcano mágico pudiera destruir. ¡Acabaría con las brujas y extendería su oscuridad por toda la tierra!

Entonces reunió a sus súbditos. Le contaron lo que habían escuchado de otras criaturas del bosque: los rituales del aquelarre, las enseñanzas a la niña bruja y cuanto habían presenciado, para informar al Señor Oscuro.

Dio las instrucciones necesarias sobre plantas y venenos que recolectar. Cocinarían un elixir tan potente y peligroso que ningún conjuro pudiera detenerlo. Los siervos se dispersaron por la comarca recogiendo cuanto Azrael había ordenado, trabajando sin descanso, entusiasmados con la idea de triunfo de su amo.

El despertar del mal

Conforme pasaban los días, se produjeron cambios en el bosque. La luz era distinta; algunos árboles enfermaron y los animales se mostraban inquietos. En la aldea, los cultivos se marchitaban y la oscuridad se comenzaba a extenderse.

Calipso, Daphne y otras Custodias del Equilibrio comenzaron a percibir tales signos y así lo hicieron saber a su Señora. El aire se volvió denso, cargado de un presagio amargo; la calma que durante años había protegido a Perséfone estaba a punto de quebrarse, como si algo antiguo y oscuro hubiera vuelto a despertar.

No tardaron en comprender que los signos no eran advertencias aisladas, sino una llamada urgente a la reunión del aquelarre.

El concilio fue convocado en un antiguo claro donde la magia del bosque era más pura, allí donde la luz de la luna siempre había protegido los pactos antiguos.

Sin embargo, aquella noche algo era distinto.

El aire parecía obedecer a una voluntad ajena. Los caminos que conducían al claro se sentían más largos, como si el propio bosque desviara a las Damas de su destino.

Calipso fue la primera en advertirlo.

—No estamos siendo guiadas… estamos siendo conducidas.

Pero ya era tarde. De entre las sombras surgió una figura tenebrosa y el bosque enmudeció. Le acompañaban otros seres de alma negra que las rodearon: habían caído en la trampa.

La asamblea quedó atrapada y, su instinto las impulsó a proteger a Hécate y a su familia.

La venganza de Azrael

—¡Aparatos, brujas!— gritó Azrael.

—Antes moriremos que dejar que dañes a nuestra Señora, a Juno o a Perséfone— dijo Daphne.

Juno y Hécate, ordenaron a las Damas de la Noche que se apartaran, deshaciendo el escudo protector, avanzaron poniéndose frente a Azrael.

—Tómanos a nosotras y deja a Perséfone, ella aún es una niña, no representa ninguna amenaza para ti. Sin nosotras nunca podrá adquirir los poderes que tanto temes— dijo Juno.

—¿Escucha, bruja!— dijo Azrael con enfado —Yo no le temo a esa niñita tonta, ni tan siquiera a vosotras. Sois unas entrometidas. Siempre interfiriendo en mis asuntos…

—¿Qué os importan a vosotras esos mortales? Son tan simplones… están aquí para ser nuestros esclavos, no sirven para nada más.

—¿Recuerdas que nosotros nacimos mortales como ellos?— le dijo Hécate —Tan solo tuvimos la suerte de que el mundo de la magia nos eligió. Aún así no somos inmortales; un día también moriremos como ellos.

—¡Bah, paparruchas!— protestó Azrael —Yo vine al mundo con un propósito y nadie me lo va a quitar. ¡Y ahora apartaos!

—¡No!— dijo Juno —Te hemos ofrecido nuestras vidas a cambio de la de ella. Sus destrezas arcanas morirán con nosotras y el aquelarre se disolverá, ya tienes cuánto querías.

—Está bien— dijo Azrael, con tono burlón —Siempre puedo volver a por ella y destruirla en otra ocasión.

Azrael sacó del interior de su túnica un frasquito que contenía un elixir verdoso; lo lanzó contra las mujeres, levantó los brazos al cielo y comenzó a recitar un conjuro.

Hécate y Juno sintieron que sus fuerzas desfallecían, sus cabellos se volvieron blancos como la nieve, su piel se arrugaba. El Señor de las Fuerzas Oscuras, observando su poder, elevó la voz y continuó su letanía.

Madre e hija sintieron un frío interior, la vida escapaba lentamente de sus cuerpos, su luz se apagaba, fallaban sus fuerzas, cerraron los ojos y se prepararon para morir. Su final se aproximaba.

De repente el cielo se oscureció; el sol que brillaba instantes antes, se apagó y surgieron miles de nubes negras. Relámpagos y rayos caían por doquier, mientras el viento azotaba con fuerza.

Las Damas se arremolinaron en torno a Perséfone, formando de nuevo un escudo para protegerla. Ella intentaba escapar y llegar junto a su madre y abuela, pero se lo impedían.

Sintiéndose morir y viéndose sin fuerzas, madre e hija se abrazaron y arrodillaron, esperando el final.

Azrael no cabía en sí de gozo, por fin iba a destruir a sus enemigas; las veía marchitarse por momentos. De sus ojos salían destellos rojizos; estaba a un paso de alcanzar un poder infinito.

El triunfo de La Luz

Perséfone clavó el alfiler de su broche en el brazo de Calipso. Ésta sorprendida por el pinchazo, retiró sus brazos del círculo, deshaciendo el escudo protector. La niña aprovechó para escapar de sus guardianas y corrió hacia su madre y abuela, que seguían abrazadas y arrodilladas ante Azrael. Posó las manos sobre sus cabezas y comenzó a cantar.

Su cuerpo comenzó a emitir un blanco resplandor que iluminaba el bosque. Cuanto más cantaba, más refulgía su pecho. La melodía era preciosa, y de sus manos brotaban destellos que envolvían a Hécate y Juno en una burbuja protectora.

Cesaron el viento, los rayos y truenos y las nubes comenzaron a disiparse. Azrael quedó paralizado, incapaz de comprender lo que ocurría. Entonces buscó en el interior de la túnica su varita. No tenía más remedio que usarla contra la niña. Había que matarla, no podía robarle antes sus habilidades mágicas como hacía con su madre y abuela.

Entonces hizo intento de apuntar con la varita a Perséfone. La brujita dejó de cantar, lo miró y el resplandor de su cuerpo se transformó en un rayo, que le impactó de lleno. Los destellos de sus ojos se iban apagando lentamente y el aura negra de su energía brotó de su cuerpo disipándose con el viento. Cayó de espaldas y quedó inconsciente.

Las Damas se acercaron a su reina, algunas desprendieron sus alfileres y lo colocaron en el suelo formando una estrella de cinco puntas. Cuando todos estuvieron colocados se iluminaron. Una a una fueron derramando su poción personal sobre sus Señoras. Al terminar miraron a ambas mujeres que se levantaban. Sus cabellos volvían a ser negros como la noche y su piel tersa, recobrando el aspecto original.

Mientras tanto Azrael despertó del desmayo, recogió la varita del suelo y apuntó a Perséfone con ella, pero nada sucedió, volvió a intentarlo sin éxito, la varita no respondía.

La Diosa Encarnada lo miró y dijo:

—¿Buscas tus poderes Azrael? Ya no están. Se han ido y no volverán, mi nieta ha hecho que desaparezcan.

Los seguidores de Azrael, ocultos tras los árboles, salieron a escena a proteger a su señor. Se alinearon tras él con intención de atacar al aquelarre. Las superaban en número, pero ellas no dudaban en defenderse.

Entonces sucedió algo inesperado y maravilloso. De la espesura apareció una multitud de personas. Mujeres y hombres; niños y ancianos. Iban armados con azadas, horcas, hachas y cuchillos. Todos los habitantes de la aldea rodearon al aquelarre y los brujos. El alcalde se dirigió a los brujos y dijo:

—No podréis con todos nosotros, ahora somos mayoría. Dejad las varitas y las pociones en el suelo y marchaos. No volváis nunca más por estas tierras o lo lamentaréis.

Los brujos comprendieron que no era una velada amenaza. No tenían nada que hacer ante aquella multitud. Obedecieron, soltaron elixires y varitas y huyeron despavoridos por el bosque.

Hécate y las Damas se aproximaron a los habitantes de la aldea, no tenían palabras para expresar aquel gesto de sus vecinos. Una vez superada la emoción, habló:

—¿Cómo habéis llegado hasta aquí? ¿Conocíais nuestra condición?

Una de las mujeres de la aldea contestó:

—Siempre lo hemos sabido, nuestras antepasadas fueron como vosotras desde tiempos ancestrales. Nosotros preferimos una vida distinta y terrenal. Con el paso de los años olvidamos todo ese saber.

Juno intervino a su vez:

—Entonces, ¿no os importa que seamos brujas y nuestros poderes?

Alma contestó:

—No Juno, sois buenas y nobles. Nos ayudáis con las cosechas, curáis a nuestros hijos y familias, siempre hacéis el bien en pos de la comunidad. Curasteis a Andrea a costa de vuestra propia seguridad. Os respetamos por ello y hemos guardado vuestro secreto.

—Sois bienvenidas a la aldea, y os pedimos que continuéis viviendo con nosotros, como hasta ahora.

Azrael que continuaba en el suelo, intentó escapar arrastrándose. Entonces tropezó con Juno, que de pie ante él le impedía el paso.

Los habitantes de la aldea coreaban:

—¡Matadlo! ¡Hay que destruirlo o volverá!

Perséfone dijo:

—Ya no puede hacer daño, ha perdido su energía mágica, pero debe aprender que sus malvados actos tienen consecuencias.

Las Custodias lo rodearon. Se miraron y al unísono pronunciaron un conjuro. Azrael comenzó a empequeñecer hasta convertirse en una lombriz. Se escondió entre las hojas secas y desapareció.

Después, juntaron varitas y pócimas de los brujos, hicieron una hoguera y las quemaron. El fuego consumió todo rastro de aquel poder oscuro.

En el mundo mágico resonó el eco de lo ocurrido en el bosque de aquella aldea. Los grandes hechiceros sintieron el fin del poder maléfico de Azrael. Se levantaron altares de agradecimiento y celebración. Sus seguidores, despojados de poderes, se dispersaron por el mundo, no volviendo a practicar la magia negra.

La vida volvió a la normalidad. Nuestras amigas, las hijas del caldero, vivieron felices en la aldea, cuidando de la naturaleza, ayudando a sus vecinos y manteniendo el equilibrio entre los dos mundos.

Ilustración de fantasía de un aquelarre en un bosque mágico iluminado por luz dorada, representando a Las Hijas del Caldero

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