Un rasgo que nos define a las personas —y en lo que somos maestros los españoles— es nuestro amor por la comida. Somos los magos de la dieta mediterránea.
No hay nada que reúna mejor que una comida, un picoteo o una cena. Se forjan amistades, se producen encuentros. Casi todas las celebraciones giran en torno a una mesa. Y, cuando llega el final, deja esa grata sensación de triunfo y placer, si los manjares son suculentos, unidos a una buena compañía.
Comer es siempre un gran regalo para el placer y los sentidos.
Se come por hambre, por costumbre, por decepción o puro deleite. Comer es tanto instinto como refugio. Es necesidad… y también capricho. Sirve para subsistir y, cómo no, para aplacar los males del alma. Se puede disfrutar en solitario, con otra persona, con dos a más, incluso en grupo.
Un buen atracón puede ser el complemento perfecto para salvar un mal día. Cualquier sabor encaja con el momento: dulce, salado, ácido, amargo. Esa sensación de plenitud, abalanzarte sin más a por tu objetivo y devorarlo sin miramientos; de sentirte lleno… y sin ganas de más.
Se consiguen las mejores recetas cuando se cocina a fuego lento.
Demasiado calor puede estropear un plato exquisito. Todo es cuestión de aplicar la llama justa en cada momento. Para hacer un buen guiso, hay que saber calentar la olla y las prisas nunca son buenas.
Hay días en que el supermercado es el centro mismo del pecado. Caminas por sus pasillos, observas lo que se muestra ante ti. Encuentras cosas deliciosas, auténticas delicatessen. Estás hambrienta, tus ojos se iluminan. De pronto reparas en algo, el tiempo se para, en tu mente ha desaparecido el resto del mundo.
Estáis solos. Te mira. Lo miras. Está ahí, dispuesto a ser disfrutado. Lo observas detenidamente. Te gusta tanto que los sentidos se te disparan. No sabes por dónde empezar. ¿Lanzarte con ansia y sin contemplaciones, rasgar el paquete y a comer? ¿O comenzar lentamente, saboreando cada bocado, como si el tiempo no existiera?
Paseas tus manos por el envase y lo acaricias suavemente. Sube la tensión, el calor se dispara dentro de ti. Acercas tu cara e inspiras su aroma. Estás a punto de perder el control; ya es tarde para volver atrás…
Con los sentidos a mil por hora y la imaginación disparada, acuden a tu mente los más variados productos: zanahorias, calabacines, salchichas. O también chirlas, mejillones, higos… Y así un largo etcétera; de ello depende la imaginación de cada uno.
Tu apego por la degustación te indicará que deseas paladear en cada momento. Puedes optar por un sandwich. Un buen ingrediente entre dos sabrosas rebanadas de pan, será la mejor de las sensaciones, si eliges con acierto.
Y si el apetito es colosal, nada mejor que un buen guiso, una pluralidad de alimentos, combinados y mezclados para producir el gozo y delicia de los más comilones.
Con tal variedad gastronómica, puedes combinar vegetales con carne, o con pescado, si eres más de los sabores marítimos. Los más atrevidos optarán por un “mar y montaña”. El culmen de la diversidad alimentaria.
La cara menos amable de este complejo mundo gastronómico es la de aquella comida que se te anuncia como sabrosa, llena de nutrientes, disfrazada de salubridad. Se presenta en un bonito envoltorio, te engaña para que la compres… la lleves a tu casa.
Si lees entre líneas su letra pequeña, comprobarás que es basura y, de sucumbir a sus deseos, tendrás una desagradable indigestión. Te acaban de vender gato por liebre…
En la mesa, como en la vida, el secreto está en no dejarse deslumbrar por engañosos envoltorios y, elegir lo que de verdad nos alimenta el cuerpo y el alma.
Al fin y al cabo, el mundo del sabor tiene una increíble variedad de acepciones sensoriales. Un lenguaje secreto y un código pícaro y canalla que todos entendemos. Solo hace falta un poco de imaginación para que los productos más comunes se conviertan en el reclamo perfecto de unas risas.
En resumidas cuentas, los mejores placeres son los que se disfrutan con calma, con verdad y, por supuesto, siempre al dente.

Dime lo que comes y te diré quién eres. Anthelme Brillat-Savarín
