Érase una vez un ave llamada Venus que surcaba los cielos. Vivía en un bosque a los pies de las montañas. Era un enclave provisto de cascadas y árboles centenarios, que conferían al lugar un aspecto deslumbrante. En él moraban osos, ciervos, jabalíes y un sinfín de especies que convivían en paz.
Venus volaba tranquila tras un tiempo de preocupaciones, en que cazadores y otros depredadores le habían producido más de un sobresalto, incluso poniendo en peligro su integridad.
En vista de su situación, decidió apartarse de sitios muy transitados, procurando dejarse ver poco o nada, relacionándose únicamente con aves y otros animales amigos, hasta que todo volviera a la normalidad.
El invierno, con sus días fríos, tampoco fue de gran ayuda; si bien la llegada de las primeras nieves otorgó a su bosque un toque majestuoso. El deshielo mudó a un extraordinario esplendor.
Del interior de aquel gélido manto blanco brotaron miles de colores: el nacimiento y resurgir de las flores. La tierra que bebió de aquellas nieves, dio paso a un estallido de vida, aromas a naturaleza y un inmenso tapiz de vegetación.
Había llegado la primavera. Nuestra protagonista se deshizo de los malos momentos y, aunque algunas cosas tardarían tiempo en desparecer, decidió una vez más, que aquello no terminara con su ánimo, y estimulada por tanto esplendor, decidió dar un nuevo rumbo a su vida.
Ganando esa confianza perdida, pensó: —Creo que llegó la hora de abrirse más al mundo—, dejarse llevar por el ambiente y, reflexionando sobre su aislamiento voluntario, dispuso ese cambio de rumbo: migrar a otro país, conocer nuevos lugares y aves que al igual que ella, hubieran emprendido viaje. Se sintió segura de su decisión; al ser un traslado temporal, volvería a la seguridad de su nido, así de vivir una tranquila aventura.
Voló sin descanso hasta llegar al mar, tan azul y precioso como recordaba. El aire fresco devolvió a sus plumas suavidad, y que lucieran mullidas y hermosas. Vio islas, valles, conoció otros pueblos y culturas.
Encontró a otras como ella que, ilusionadas realizaban la migración. Unas con sus mismos motivos y las demás, por su naturaleza, emprendían el viaje, pues venían de países en los que era invierno, y buscaban el refugio de climas más cálidos.
Encontró un bonito pueblo frente al mar, tenía un pequeño saliente costero repleto de árboles, junto a un faro. Los Alisios dejaban su estela, aliviando el calor que anunciaba un tórrido verano. Le gustó de inmediato; sintió una punzada de felicidad en su pequeño corazón y decidió que había llegado a su destino.
Después de descansar y reponer fuerzas, buscó una rama donde construir su nido. Un árbol le ofreció el cobijo que necesitaba, tarea hecha en un santiamén, buscando hojas, ramitas y helechos con los que construir su casita, así que se dispuso a recorrer la zona y conocer su nuevo emplazamiento.
Trabó conocimiento con otras aves, que pronto se interesaron por la recién llegada. Había multitud de especies: ruiseñores y golondrinas, pasando por búhos y lechuzas, las ruidosas pardelas, gaviotas, cuervos…, cantidad de criaturas voladoras de toda condición y envergadura, desde las más menudas a otras grandiosas; algunas autóctonas y otras en pleno viaje migratorio.
Conforme pasaban los días, el trato con sus nuevas amistades fue en aumento. Compartieron historias y confidencias, en un ambiente jovial, que invitaba a continuar relacionándose con un grupo tan variado. A menudo, se reunían para degustar una buena comida y ponerse al día de sus vidas, aprender otras costumbres, como era la subsistencia en las grandes urbes, y como en el campo; los peligros que atravesaron, los predadores y temibles cazadores.
Pasaban los días y Venus se decía:
—He tomado la decisión acertada, todo es muy divertido.
—He conocido pájaros amables y el sitio es verdaderamente hermoso. Me quedaré más tiempo.
Los días se convirtieron en semanas; las aves reforzaron su amistad. Crearon momentos amenos y se estableció una gran hermandad. Algunas encontraron a su compañero de vida y, pronto surgieron familias.
Mas sucedió que, de su camaradería con las viajeras, surgió una amistad especial con un Cormorán Imperial llamado Targaryen. Si bien en un principio no le prestó atención, después le pareció amable y divertido. Aunque nuestra amiga no tenía intención de profundizar con sus nuevas amistades, más allá de lo habitual, pues en unos meses volvería a su tierra.
Y aunque lo intentó, no pudo evitar encariñarse con él. Comenzaron a charlar con frecuencia. Sus encuentros casuales eran cada vez más extensos, y ambos disfrutaban enormemente con la compañía del otro. Él le enseñó a pescar, le habló de la vida en la costa y ella a su vez, le instruyó en la mejor forma de construir un nido al abrigo del viento. Le contó cómo era la vida en un bosque tierra adentro, junto a las montañas.
Con la llegada del verano, el número de recién llegados aumentó considerablemente la población de la espesura, transformando el lugar en un festival de trinos y silbidos.
Ocurrió entonces que llegaron unos gitanos en sus carromatos, para divertir a la población con su espectáculo ambulante de música, atracciones circenses y barracas con todo tipo de actividades. Se instalaron a la entrada del pueblo, plantaron sus tenderetes, cargados de luces de colores y, después, descansaron para estar frescos por la noche, y dar comienzo a la diversión.
Uno de aquellos gitanos acudió al carromato del patriarca y le habló:
—Tío Manuel, después del largo viaje y del trabajo estamos hambrientos, ¿no nos va a dar de comer?
El patriarca le contestó:
—Yo también estoy cansado, hambriento y os he guiado hasta este lugar. Sois vosotros quienes tenéis que traer comida para toda la comunidad.
—¿Y cómo quiere que hagamos eso? No conocemos este paraje.
—¡Pues id a pescar o a cazar! Allí en el bosque habrá aves. Quitarles los huevos y, de paso, cazar algunas; también ardillas y conejos. ¡Ahora ve, no me molestes más y no vuelvas sin provisiones o me enfadaré de verdad!
Dicho lo cual, cerró de un portazo su carromato, dejando al aludido asustado y enfadado por la reprimenda. Éste, a su vez, acudió a otras tartanas para reunir un grupo de hombres que le ayudaran en la faena.
—El Tío Manuel quiere que vayamos a por comida. Hay que cazar conejos, aves y recoger pescado para alimentar a todo el grupo—
Primero lo intentaron pescando; y a pesar de estar la mar en calma, no consiguieron gran número de piezas con que alimentar a tanta gente. Decidieron llevar las capturas al poblado y adentrarse en la arboleda.
Un cuervo llamado Ramón los vio llegar; iban ataviados con redes y escopetas de perdigones. Vociferaban y daban órdenes unos a otros sobre a qué árboles subirse y dónde escarbar para encontrar madrigueras. Ramón voló raudo y veloz al interior del bosquecillo para dar la voz de alarma:
—¡¡Compañeros!! ¡Se aproxima un grupo de cazadores! ¡poneros a cubierto y tapar los huevos, traen redes y también escopetas!
El verde paraje se convirtió en un clamor de alas: un continuo ir y venir de criaturas buscando cobijo para no ser abatidas. Unas huyeron al pueblo, otras se dirigieron al faro y, alertaron también a conejos y otros animalitos de la presencia de los hombres.
Targaryen corrió al árbol donde Venus tenía su nido, extendió sus negras alas y con ellas cubrió a su amiga, camuflando sus plumas blancas para no ser vistas entre los ramales.
—No te muevas amiga; yo te taparé y evitaremos que los cazadores te vean—
—Gracias Targaryen, no quiero que te hieran a ti ¿será seguro?
—No temas Venus, confía en mí
Un grupo de gaviotas decidió enfrentarse a los intrusos, volaron presurosas al rompeolas, cogieron piedras en su pico y se dirigieron en formación al bosque. Animaron al resto de aves a piar, chirriar, ulular, haciendo todo el ruido posible sin dejarse ver.
—¡A la señal, todas empezar a cantar!
—¡¡Ahora!!
Todos los pájaros entonaron sus cantos lo más alto que pudieron, convirtiendo un tranquilo lugar en una algarabía de ruido ensordecedor. Venus y Targaryen graznaron a pleno pulmón, las pardelas emitieron sus llantitos lastimeros, las lechuzas entonaron mil chirridos, los cuervos ulularon…
Los gitanos que no esperaban aquel griterío, soltaron las escopetas y demás aperos tapándose los oídos con las manos. En ese momento, el escuadrón de gaviotas voló a gran velocidad dejando caer las piedras sobre sus predadores. Los proyectiles les impactaron en la cabeza, brazos y hombros. Estos asustados y heridos huyeron presurosos del lugar.
Rápidamente, las aves acumularon hojarasca y follaje sobre las armas, a fin de cubrirlas y, que los cazadores no pudieran encontrarlas en caso regresar. El escuadrón de gaviotas voló de nuevo en formación llevándose las redes, escondiéndolas en el faro.
Los gitanos corrieron sin descanso hasta llegar al poblado, donde relataron al Tío Manuel y al resto de la comuna la caza fallida; como las aves les habían hecho frente y la imposibilidad de dar caza a ningún animal del bosque. En vista de lo cual, el patriarca decidió acudir al mercado y comprar provisiones, con las que alimentar a su gente.
—¿Y qué pasa con las armas? preguntó Tío Manuel.
—Patriarca, tenemos miedo de volver y que las aves nos ataquen de nuevo.
—Habrá que hacerse con otras nuevas en cuanto haya ocasión— decidió este, que tampoco tenía intención de adentrarse en la espesura para recuperarlas.
Los feriantes continuaron algunos días en el pueblo; aunque no volvieron a internarse en el bosquecillo, ni tampoco intentaron cazar ningún animal durante su estancia en aquella comarca. No obstante, las aves, previsoras como eran, establecieron grupos de guardia, para evitar problemas futuros. La tranquilidad volvió a instalarse en el lugar.
Avanzaba el verano. Los últimos días de calor anunciaban que el estío llegaba a su fin. Venus se debatía entre volver a sus montañas o permanecer allí algún tiempo más, en aquel bonito lugar donde había hecho grandes amigos.
Ciertamente, se había encariñado con Targaryen, y la posibilidad de continuar a su lado era algo que pensaba con frecuencia. Algunas especies también planeaban regresar a sus lugares de origen o buscar buen tiempo en otros países a lo largo del planeta, lo que les anunciaba un largo viaje antes de que el frío avanzara en demasía, poniendo en peligro su existencia y la de sus polluelos.
Un día, los integrantes de la etnia, recogieron sus puestos y abandonaron el pueblo. El cuervo Ramón volaba por el lugar y, de nuevo corrió a informar a sus compañeros.
—¡¡Atención todos!! ¡¡Los feriantes abandonan el pueblo!!
Un estallido de gritos de alegría inundó el lugar. Targaryen y Venus se abrazaron; otros pájaros hicieron los mismo. Todo eran risas y felicidad.
Alguien propuso:
—¡Tenemos que celebrarlo! ¡Hay que hacer una fiesta!
Todos estuvieron de acuerdo y empezaron los preparativos. Se dispusieron a conseguir lo necesario; comida, adornos… nada podía faltar para hacer una celebración inolvidable. La fiesta de despedida tenía que ser todo un éxito.
Las gaviotas recogieron conchas de la playa; los ruiseñores, bayas y frutos secos; los cuervos flores; las golondrinas trajeron pescado de la lonja. Cada cual contribuyó como pudo haciendo un trabajo o recogiendo provisiones. Los búhos y demás aves nocturnas se encargaron de colocar todo. En poco tiempo los preparativos estuvieron terminados.
Y llegó la gran noche. Las aves se engalanaron con sus mejores galas. Venus atusó y mulló sus preciosas plumas, puso sobre su cabeza un tocado de flores y pintó su pico de rojo. Lucía majestuosa y así le hicieron saber sus amigos cuando la vieron llegar. Targaryen entre ellos:
—¡Por todos los cielos Venus, estás preciosa!
—Gracias chicos, ¡Targaryen, tú también estás muy elegante!
Pronto se congregaron los invitados; se hicieron animados corrillos donde todo el mundo hablaba y alababa la apariencia de los demás. Anochecía y la penumbra cubría todo el lugar, un inconveniente, pero nuestras amigas estaban acostumbradas a la oscuridad.
Lo que sucedió a continuación hizo que las voces callaran y reinara un silencio sepulcral… Miles de luciérnagas se posaron en las ramas de un roble y otros árboles de porte magistral, encendieron sus colitas al unísono. De repente las copas se iluminaron con los destellos más bellos que nadie jamás había visto en aquel paraje.
Las rapaces nocturnas habían dispuesto mesas ricamente adornadas, con todo tipo de viandas. Zorzales, ruiseñores y canarios entonaron bellas canciones. Los grillos también animaron la velada. Todo el mundo comió, cantó y bailó en tan animada celebración.
Venus y Targaryen bailaron juntos toda la noche. Pasaron sus últimas horas hablando, recordando tantos momentos compartidos a lo largo de aquel verano.
—Nunca te olvidaré Venus, prométeme que volveremos a vernos.
—Yo tampoco te olvidaré Targaryen. Para mí eres alguien muy especial. ¡¡Prometido!!
La mañana siguiente fue un no parar de abrazos y despedidas, lloros y toda suerte de buenos deseos de unos a otros. Se habían forjado grandes amistades, un sinfín de experiencias y todas ellas habían luchado por su subsistencia, alejando a los hombres que osaron cazarlas. Venus, Targaryen y los demás recordarían aquellos meses con un cariño especial.
Ambos decidieron seguir en contacto y no perder aquella amistad que se hizo tan estrecha y especial. Pero… A veces, la vida y sus avatares nos apartan del camino que creemos seguir, y a pesar de su acuerdo, Venus y Targaryen no volvieron a retomar el contacto.
Cada uno continuó en su país y con su vida, sin volver a hablar con el otro. Ambos guardaron con cariño y agradecimiento en su memoria por los momentos compartidos, deseando para el otro una larga vida llena de felicidad y de preciosos instantes como los que juntos habían atravesado.

La amistad es un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita en dos almas. Aristóteles
